Aquel día, mi mal humor lo terminaron pagando los alumnos. Era algo injusto, pero lamentablemente frecuente. Al fin y al cabo, son el segundo grupo de personas con el que paso más tiempo a lo largo de un día. Y aunque seas de piedra, algo se te tiene que escapar.
En mi caso, la impulsividad tiende a matarme. No me habría gustado probar su pellejo aquel día. De verdad que no. Pero ya nada se puede hacer. Lo pagaron y punto. Nada más. Entre los flashes inconexos, creo recordar que los abronqué una y mil veces sin motivo aparente, tan solo porque sí. Y si la imaginación no se me ha trastocado y la fantasía no ha jugado con las pocas imágenes que guardo, la imagen que invoca mi mente es la de mí mismo alzando la voz ante un montón de rostros alzando sus pálidas lunas como oes interrogantes. Tuvieron paciencia de santos. Aunque cuando un profesor universitario se excede en sus reacciones y no es algo flagrante, normalmente solo queda aguantar la tormenta. Técnicamente, el mango de la sartén está siempre entre las manos del docente. Pero ésa solo es la teoría.
También rechacé comer con mis compañeros en mi hora libre, lo cual levanto más de un interrogante, aunque ninguno se atrevió a formularlos. Para el fin de jornada estaba hambriento, iracundo y aterrado. Un popurrí sentimental bastante incoherente que me hacía actuar de forma extraña, siempre a ojos ajenos, eso sí. Porque para mí todo estaba perfectamente bien. De putísima madre en realidad. Creo que lo que más chocaba era que yo casi siempre era una línea recta, y ese día estaba mostrando una auténtica vorágine sentimental. Seguro que más de alguno pensó: “Pero, ¿es ése el profesor Jesús? ¡Imposible!”. Pero era yo. Vaya si lo era. Un yo en estado puro.
Me monté en el coche visiblemente alterado y apenas hube salido de la zona universitaria comencé a acelerar. Cuanto más aceleraba, peor me ponía y más quería correr. Estaba sumergido en una espiral repetitiva, destructiva y autosuficiente. La guinda del pastel fue cruzarme con la policía, que evidentemente me detuvo. El resultado fue un sermón policial bien merecido (aunque en ese momento, de haber podido, habría matado al policía que me lo echó), una multa de esas que duelen provocan pesadillas al bolsillo y algunos puntitos menos en el carné. “Cáscatela” Rezongué para mis adentros antes de volver a poner en marcha el coche cuando al fin me dejaron en paz. El resultado fue que no solo no llegué antes a mi casa, sino que me costó casi media hora más de lo normal. Mientras conducía de vuelta, Carmen me llamó un par de veces y no se lo quise coger. Ahora, después de todo lo pasado, me arrepiento de esa tonta reacción, pero lamentablemente nadie puede cambiar el pasado. Ni siquiera yo. Así que no me salió de los cojones cogerle el teléfono porque sí, porque estaba enfadado y asustado, porque quería hablar con ella cara a cara seriamente y saber si algo había cambiado entre nosotros dos o había sido un olvido casual provocado por la falta de memoria que suele proporcionar el exceso de años. Solo cara a cara podría acabar con la bola de fuego que rodeaba a mi aterido corazón.
Aparqué en el vado que tenía frente a la puerta de mi casa y bajé del coche. Desde ahí podía ver el muro que protegía mi jardín de miradas ajenas. Las copas de los pinos destacaban frondosas. Aquel panorama siempre me relajaba. No en vano cuidaba personalmente de todas y cada una de las plantas que formaban parte de mi edén particular.
CONTINUARÁ...
Testigo
Hace 4 días
