10/05/08

Oscura

Volverás a dormir mal esta noche. No importa cómo lo sabes. El caso es que lo sabes. Dormirás mal. Te despertarás pensando en algo que luego no podrás recordar. Algo oscuro y retorcido, repleto de terror. Algo marcado a fuego en tu alma. Algo que te condiciona, que dirige tu vida. Y dormirás mal.

Es neurótico, obsesivo, compulsivo, inevitable e irracional. Pasa en tu mente. Te revela. Te despierta. Te asusta. Se incrusta. Espanta el sueño.
Claro, que a las personas sin sueños tampoco se les puede espantar el sueño… ¿o sí?

Qué más da. Lo importante es lo importante. Y lo que ocurre ya está puesto.
Los médicos pondrán nombre a la dolencia. Le llamarán “estrés”. O “depresión”. Algún mal de esos modernos que tanto bombo tienen. Te recetarán antidepresivos, ansiolíticos, quizá una mezcla novedosa de ambos. Una droga que intentará dejarte ko durante doce horas. Y puede que hasta lo consigan. Por lo menos… una semana.

Entonces comienza la espiral de la adaptación. Esta droga cura ésta, ésta otra a ésta. Ésta es muy adictiva pero te sirve. Ésta está en pruebas, pero es mejor. Y llegará un punto ineludible en el que no dormirás ni con todas las drogas del mundo.

En ese momento en el que los miedos devorarán realmente tu alma, comenzarás a darte cuenta de que la noche alberga demonios. Demonios ocultos, invisibles. Demonios agazapados, atentos, esperando un descuido para incrustarse en ti. Para engullirte.
Demonios que te contarán falacias, que intentarán consolar tu alma rota para luego volverla apuñalar. Manos engarrotadas que coserán tus heridas y las reabrirán. Secretos oscuros y terribles que se te aparecerán solo en ese instante y luego se esfumarán.

Serás una persona sin sueños. Porque sabes que dormirás mal. No sabes por qué, pero lo sabes. Y no importará lo que intentes. Dormirás mal. Y se liberarán tus más oscuros instintos. Lo más salvaje. Lo que guardas en lo más profundo de ti. No podrás evitarlo. Te consumirán. Te poseerán. Te dominarán.

Serás un monstruo. Un monstruo que padece heridas insufribles provocadas por sus propios monstruos. Un monstruo sin más meta que sobrevivir una noche más.

Y te transformarás. Te darás cuenta de quién eres. Y serás… serás Oscura.

14/04/08

Las madame de Mr. Wards

Dama me miraba sentada en el sillón situado frente a la puerta. Estaba serena, las piernas cruzadas y la mano extendida sosteniendo entre el pulgar y el índice un cigarrillo. De no haber intimado tanto, no me habría atrevido a asegurar que se había movido de ahí desde la primera vez que la conocí. La misma ropa, la misma pose, la misma mirada desafiante… Era Dama en su estado puro.

Sin esperar a que yo hiciera ningún movimiento por mi parte, Dama dio un par de caladas a su cigarrillo, soltó sensualmente el humo que ascendió pausado hacia el techo y habló.

- Dime, Mr Wards, ¿cómo puedes esperar que el mundo cambie si todavía no has aprendido a cambiar? ¿Cómo coño – el coño más que pronunciarlo lo escupió – puedes esperar algo que ni tú mismo puedes ofrecer? – Suspiró, me miró fijamente durante unos instantes, dio otra calada a su cigarrillo y finalmente, perdió la paciencia – Venga, Mr Wards, ¿es que no vas a responderme? ¿No va a salir ni una puta palabra por tu boca?

Para ser sincero he de reconocer que esta vez Dama me había sorprendido. Parecía la típica mujer pija, elegante y equilibrada. Alguien que nunca perdía la compostura porque no debía salirse de su papel. Y ahí estaba, soltando palabras de lo más chabacanas, como si el mundo dependiera de lo que yo le fuera a decir, como si eso le importara algo. Dama estaba cabreada. Muy cabreada. ¿Y qué podía hacer? Yo era así y ni quería ni podía cambiarlo. Por eso me quedé donde estaba, apoyando en el quicio de la puerta, sin responder, sin moverme siquiera.

Al cabo de cinco minutos, Dama comprendió que mi boca no diría una palabra. Se levantó, giró y se puso frente al enorme ventanal que dominaba toda la estancia. Colocada en ese sitio exacto, con las luces del crepúsculo jugando con su silueta, su belleza se difuminaba. Se agrandaba. Llenaba toda la estancia. Y sin embargo, a mí no me afectaba en absoluto. Parecía tan artificial que si acaso me daba arcadas. Tras varias caladas, reanudó el monólogo.

- No vas a responder, ¿verdad? – Suspiró, dio varias caladas al cigarrillo y lo tiró a un lado – Lástima. Si hubieras sido más responsable habríamos llegado a algo, ¿sabes? A algo importante. Pero la cagaste. La cagaste bien cagada. Así que vete. Vete y no vuelvas por aquí si no quieres sufrir un “accidente”.

Dama volvía a sorprenderme. Ahora me amenazaba. Wow, así de agresiva estaba tan sexy… Pero seguía sin conseguir conquistarme. Decidí que era el momento de expresarme.

- Dama…
- ¡He dicho que te vayas! ¿Qué parte no has entendido? ¿Es que necesitas un esquema para entenderlo? ¡VETE!
- No voy a irme Dama. Sabes perfectamente que no voy a hacerlo. No hasta que escuches mi última palabra, ¿estamos?
- Oh, qué coño. ¿Ahora quieres hablar? ¡Pues habla, joder, habla! Cuanto antes termines tu discursito victimista, antes terminamos.
- Sabía que me comprenderías – Media sonrisa alumbró su rostro – Verás, Dama, apenas nos conocemos, no sabemos nuestros nombres reales, ni nuestras vidas más allá de este juego. Es mejor que no lleguemos a nada. Pero, aun conociéndonos, jamás llegaríamos a nada.
- ¿Y eso por qué, rata sabionda? ¿No soy lo suficiente mujer para ti? ¿Es eso? Pues piensa en el mierda que eres. Tus pintas de fracasado no las va a cambiar ni tu traje barato ni tu colonia de mala imitación. Ni aun con zapatos de cuero mejoras. No eres nadie, Mr Wards, nadie.
- Tan cínica como siempre, Dama – Hizo ademán de quitarse el sombrero – Eres tan sutilmente rastrera… Sabes que de haberlo querido, lamerías la punta de mis vulgares zapatos. Para tu desgracia, querida, hay más de una madame de segunda fila dispuesta a servir a un hombre como yo. ¿Crees que te diferencias en algo de ellas con tus trajes millonarios, tus caros perfumes y tus elegantes zapatos? Eres igual de puta que ellas, querida. Igual o más. Y en tu caso sí que debería darte vergüenza, porque lo haces por amor al arte. Dios, qué asco puedes llegar a darme. Has cometido un gran error al tomarme por una víctima más, Dama. Un gran error – Avanzó, giró el sillón y se sentó en él – Diría que me has subestimado. Y que mi cara no te suena, ¿verdad?

Dama se dio la vuelta y lo miró con el ceño fruncido. Pasó la mano por el cierre del bolso pero pareció pensárselo mejor, se apoyó contra el saliente del ventanal y cruzó las piernas.

- ¿Por qué no me dices de qué deberías sonarme? Quizás terminaríamos antes.
- Quizá si repasaras tu vida de prostitución y lujos podrías responderme mejor.
- No soy ninguna puta, Mr Wards. Y no vas a lograr enfadarme con un ataque tan cochambroso.
- Vale, mamá – se levantó del sillón, se acercó lentamente hasta donde estaba Dama y le puso un cuchillo en el cuello – Como digas, mamá – Bajó el tono de voz - ¿Recuerdas el orfanato de San Andrés? ¿Lo recuerdas? Me dejaste ahí, abandonado. Me dejaste tirado, mamá. Y eso no se perdona. ¿Verdad que no? – Alejó de un puñetazo el bolso, la llevó hasta el sillón y la tiró sobre él – Ha llegado tu hora.

El rostro de Dama se había transformado. Todas eran iguales. Todas. Todas negaban lo que habían hecho, cómo lo habían abandonado. Se negaban a reconocer que él era su hijo. Solo querían utilizarlo, follarlo, sacarle el dinero y dejarlo tirado. Como hicieran de pequeño. Dejarlo solo, hundido. Pero ya no habría nadie que se atreviera a hacerlo. Ya no.

Y las sombras de la noche revelaron otras dos sombras, aun más siniestras que la propia oscuridad. Una inmóvil, inerme, y otra alzando y bajando el brazo, alzando y bajando. Hasta que el amanecer los sorprendió teñidos de tétrico carmín. Entonces Mr Wards salió del salón. Debía seguir buscando a su madre. A su madame.

9/04/08

Los equilibrios del amor

Era un día entre muchos en una ordinaria habitación de un piso cualquiera en una calle como tantas. No sabían la hora exacta pero tampoco les interesaba. Era de día y punto. Sin motivo alguno, sus miradas se atraparon en un punto inconcreto del salón. Pupila con pupila. Iris con iris. Parecía que el baile iba a comenzar.

Lejos de allí, en un lugar indefinido, un rostro se alza entre la multitud. No entiende por qué la valla del puente le hipnotiza. Se dirige hasta allí. Paso a paso. Metro a metro. Hasta que aparece tan cerca que sus dedos pueden rozar la superficie acerada de las placas transversales. Sin pensárselo dos veces, sube ágilmente y comienza a hacer equilibrios. Equilibrios sobre un puente que a la derecha equivale a caer sobre la acera y a la izquierda a terminar sobre las aguas tumultuosas de un río cuyo nombre ignora. Y en realidad ignorarlo no importa, como tampoco importa la valla, ni el puente, ni las aguas, ni el lado en el que pueda caer. Solo importan los equilibrios. Y eso se dispone a hacer.

EN el salón el baile se ha iniciado. De las miradas han pasado a las manos. Abrazados, han recorrido gran parte del brillante suelo embaldosado, se han arrancado fervorosamente las ropas y se han dejado caer sobre el sofá. Guardando un precario equilibrio se han besado, acariciado, lamido. Han recorrido sus cuerpos hasta la extenuación, hasta conocer el recoveco más oculto del cuerpo ajeno. Y en aquel momento, sus miradas volvieron a atraparse de nuevo, aguardando el instante exacto en el que sus ojos darán libre albedrío a las manos para tocar aquellas partes que se limitaban a mirar. Vuelven a besarse, recorren sus cuellos, sus pechos, su vientres, sus muslos. Recorren todo lo que pueden recorrer de la cabeza a los pies. Como de mutuo acuerdo, las manos se dirigen encarecidamente hacia los sexos. Los tocan, los acarician. Y procuran guardar el equilibrio exacto para no caerse del sofá pero, sobretodo, para lograr que el otro disfrute.

Mientras tanto, en el puente, el hombre hace cabriolas. Camina emulando a un trapecista, extendiendo los brazos, saltando a la pata coja, haciendo el pino. Alguien grita que se va a matar pero no le presta la más mínima atención. No le hace falta el después. Quiere el ahora. Quiere disfrutar los equilibrios. Quiere olvidarse del resto. No tener finalidad. Tan solo equilibrar, y equilibrar, y equilibrar...

La pareja del sofá llega casi a la par al orgasmo. Sus respiraciones se intensifican. Sus manos, obedeciendo a algún extraño instinto, aumentan el ritmo. Y al tiempo que ellos llegan al clímax, el hombre del puente deja de hacer cabriolas por un instante. Se para, sonríe, extiende los brazos y se deja caer hacia las aguas, hacia el olvido. Y, extrañamente, la caída no suple a los equilibrios, sino que los complementa. Como si no hubiera sido necesaria. Como un acto más entre tantos disponibles.

Casi en ese mismo instante, la pareja del sofá se abraza, terminado ya su equilibrio. El hombre desaparece devorado por las aguas. La pareja duerme plácidamente.

Realmente era un día como otro cualquiera, sí señor.

3/04/08

La profundidad del rojo

Es curioso como a veces los colores significan una vida. O su uso en recursos estilísticos. Hay gente que los usa para definir hechos: la risa amarilla, la voz azul, la mirada negra...

Si bien no es uno de mis colores predilectos, a mí siempre me han impresionado los valores tan opuestos y tan ligados del rojo. Para mí el dolor es de color rojo. Velos rojos. Ráfagas rojas. Una sala en rojo. Pero también define al amor. El corazón rojo, el abrazo, el beso rojo.´

Mas esto no es todo. También define la vida y la muerte. Porque la sangre es roja y nos da vida, y el dolor (rojo) muchas veces trae la muerte de algo.

Este no es el único antagonismo. El nacimiento del día comienza en rojo. La caída del día se presenta roja. Y el sexo se presenta el rojo, así como la maduración sexual femenina, que viene con la menstruación que es, inevitablemente, roja.

Así que vivo en rojo. Sueño en rojo. Miro el crepúsculo rojo. Me hago un corte y veo y siento rojo y tras todo esto pienso... ¡Y que no se destiñe el puto rojo!

24/03/08

La conquista

Mi alma tocaba lentos acordes de jazz acompañados por los furiosos acústicos de en el exterior la lluvia. Seguro que aquel día la melancolía me haría la cama, la tristeza invadiría cada centímetro cuadrado de mi piel y la casa sería conquistada por el ejército de la desdicha.

Ya no importaba nada ni nadie, ni habría de importar. Más allá de los pocos agudos filtrados a través del nublado celeste, la oscuridad reinaba en un mundo ahora conquistado por el pesar.

Paulatinamente las baldosas se tornaron negras, las paredes albergaron mensajes funestos, las ventanas repicaron cuan campanas llamando a funeral. Y como respuesta a tan tétricas advertencias, el ejército de la muerte fue ocupando mi espacio, permitida su invasión por mis ansias de descanso, mi incapacidad por detenerlos, mi apatía con respecto a tal atrevimiento, mi pugna entre vivir bajo el sol o bajo la eterna nocturnidad.

Mientras la fila de encapuchados tomaba posiciones impidiéndome cualquier escape, el que parecía ser el jefe se acercó hasta a mí y, con solo una mirada, me convocó. Era hora de formar filas, de combatir bajo su negro estandarte.

Sin más dilación, varios de sus acompañantes me vistieron tal y como ellos iban, indicándome que me tapara con la capucha. Y cuando lo hice, un acerado frío invadió hasta el más lejano rincón de mi ser, perdí el color, el brillo, el aliento; perdí la vida. Solo entonces, cuando hube perdido todo rastro vital, me entregaron el candelabro, tratándome como su fuera una más. Porque lo era, y con lluvia o sin ella, el reclutamiento había comenzado: la muerte reclamaba su trono en el mundo y nadie osaría desafiarla, porque… ¿quién se creería capaz de ganarle esta partida? ¿Quién sería el loco que lucharía en su contra si la batalla contra ella estaba, de antemano, perdida? Nadie; nadie.

28/02/08

El mundo que gira

En aquella noche de marzo le ahogaban las palabras, se le atascaban los gritos, se le escapaba el alma. Los termómetros hablaban de una calidez que estaba lejos de sentir y notaba cómo a través de la ventana una ligera brisa le acariciaba el rostro, invisible mano de consuelo. Más allá del cristal en el que veía el reflejo de su tez demacrada, la calle mostraba su lado más amable y sereno; bajo las farolas, las aceras brillaban austeras y tan solo el lejano sonido de los camiones de limpieza se atrevía a perturbar la sobria inmensidad del rey silencio.

En la habitación el aire se le hacía irrespirable. Olía a desinfectante, a agonías contenidas, a dolores malamente controlados y, por debajo de todo eso, a muerte. A una muerte seca, salvaje, a una muerte que sabía que esa era su planta y que no estaba dispuesta a dejarse vencer. Y por más que los médicos le aseguraban que su padre no sufría, por más que él mismo se lo confirmaba en tenues susurros, por más que su rostro mostraba la paz más sublime que jamás imaginó, Airam no se resignaba a creer ese próximo final. Sencillamente, no podía. Se le revolvía el estómago, el alma se le disparaba y el corazón adquiría el trote de un caballo desbocado. No. No podía quedarse ahí pasmada esperando lo inevitable. Se negaba a ser un sujeto pasivo en esa acción. A ser un simple espectador de la película. A admitir qué era mero monigote en la obra.

Angustiada, Airam abrió del todo la ventana y sacó medio cuerpo fuera. El frescor de la madrugada comenzaba a hacer acto de presencia y en los carteles plastificados del comercio de en frente se veía el reflejo amarillo de la luz que portaba el camión de limpieza. Pronto pasaría por allí y dejaría su rastro de agua, otro paso más de un mundo que nunca para de girar. En la esquina, una sombra comenzaba a asomar, aviso de alguien que llegaba. Era un zarrapastroso mendigo calvo y barbudo que a pesar del calor portaba una mugrosa gabardina. Se acercó con paso firme al contenedor, levantó la tapa y comenzó a rebuscar pacientemente, la calva brillando bajo las farolas cuan si éstas fueran focos de un estrafalario teatro.

De repente algo, quizás un oscuro instinto de supervivencia, le alertó y levantó la cabeza clavando su aviesa mirada en Airam. Sin soltar la bolsa que llevaba entre las manos, le dedicó un gesto claramente obsceno y siguió a lo suyo porque, al fin y al cabo, su particular ronda nocturna tenía que continuar. Apenas cinco minutos después, dio una rabiosa patada al contenedor y se fue dejándolo abierto. A la primera volada de aire los olores contenidos llegaron hasta su nariz y, asqueada, volvió a meterse dentro aun a pesar de los locos deseos de seguir ahí, aguantando y esquivando la dura realidad.

En la habitación todo seguía igual. Su padre sentado, entubado y monitorizado, lanzaba una agónica respiración al aire que quedaba apuntillada por los pitidos del cardiograma. De vez en cuanto entreabría los ojos y trataba de sonreír, quizá porque estaba realmente consciente y veía a su hija o quizá porque su mente se había perdido en los recuerdos más felices.

Sin saber muy bien por qué, a Airam le entraron inevitables deseos de prender el televisor. Sacó una pequeña cartera del bolsillo y encontró varias monedas que echó en la ranura situada en un lateral de la pequeña pantalla. Casi de inmediato, una aburrida letanía de anuncios le dio la bienvenida. Lanzando un sonoro suspiro, mezcla de desesperación y hastío, se dejó caer de golpe en la silla y trató de esperar al fin de toda esa retahíla. A pesar de su buena disposición – ansiaba dejar de pensar por unas horas - su paciencia estaba demasiado limada por las circunstancias. Navegó a la deriva por varios canales, todos con la misma absurda cantinela, y a la quinta vez que la melancólica canción “Automatic imperfection” de Marlango le anunció no se qué festival de Jazz tiró el mando por la ventana y habría tirado la tele si no hubiera estado soldada. Estuvo a punto de romper de un zapatillazo la grisácea pantalla pero el lugar y, sobretodo, la posibilidad de asustar a su padre y sacarlo del estado de duermevela en el que se encontraba, la detuvo.

A pesar que de la Dama Muerte llegaba, el mundo no paraba de girar...

pd: Es que no me resisto a seguir dándole a la política... Esta vez, propongo cambiar los lemas de los partidos, el del PP "Con cabeza y corazón" por "Con cabeza y corazón; con Esperanza y sin Gallardón" y el del PSOE "Motivos para creer" por "facturas para pagar".

En fin, qué le voy a hacer si soy asi... Un beso a todos

30/01/08

Porque hay accidentes y accidentes

Actualmente creo que todo el mundo está al tanto de la noticia de los últimos días. La del joven que murió atropellado por un conductor que, no contento - esto es un supuesto, ya se sabe que hasta que la justicia habla... - con saltarse cuanta norma pudo y arrasar con una vida, decidió pedir, con toda su cara dura, una indemnización por los daños causados en su vehículo.

La gente ha reaccionado en masa ante este caso, cosa que me parece positiva y negativa, porque da la impresión de que, últimamente, la razón siempre la tiene el peatón, y creo que no es así. También hay un gran escándalo por la "inmoralidad" o más bien "amoralidad" de este individuo... Pero desgraciadamente estoy tan dada de vuelta en estos asuntos, que no me sorprende.

En un artículo que leí hace mucho tiempo, un hombre que viajó, por circuntancias de la vida, en la clase preferente de un tren, tuvo que morderse la lengua porque uno de sus compañeros de vagón increpó a la azafata. ¿La razón? El vagón en el que estaba situado la clase preferente era una mierda. Debía estar situado en las posiciones traseras y no delanteras, porque si había un accidente o un descarrilamiento, los que debían absorber el golpe eran los pobretones que iban en vagones más normalitos, y no él, hecho de una pasta especial (la del dolar, of course).

En todo este tiempo, creo que sabéis que rara vez suelo mezclar temas personales con mis opiniones y mis artículos. Vale, soy un poco "religiofóbica" - pero creo que es natural si desde tu punto de vista, crees que siembran una total falta de respeto y tolerancia, entre otras cosas - y suelo meterme habitualmente con los políticos - porque ciertas ineptitudes, me sacan de quicio -, sin embargo, sin que sirva de precedente, contaré tres casos para tratar de demostrar que el conductor no siempre tiene la culpa.

Mi hermano ha sido y es motero. Tiene treinta y tantos años y creo que morirá con la moto, el casco y el mono puesto, a no ser que le retiren el carné por falta de aptitud, claro. A lo largo de todos los años que lleva con motos - y son muchos, porque con dieciseis años ya llevaba ciclomotores - ha vivido de todo, ha hecho el gamba - sin poner en peligro vidas ajenas - y ha tenido accidentes más que merecidos, por gilipollas - aunque sea mi familia, lo que es, no deja de ser, por muy hermano mío que sea - Sin embargo, ha habido tres ocasiones - que yo recuerde - que clamaban al cielo.

El primer caso fue hace muchos, muchos años. Yo era pequeña, pero recuerdo bien cómo estaba. De camino a Navarra, en un cruce, se empotró con un camión. No se sabe de quien fue la culpa, solo que tuvo suerte de ir en moto, porque salió volando por encima del camión en lugar de quedarse empotrado entre hierros. Los médicos le dijeron que si llega a ir en coche, se mata.
A causa de este accidente, le escayolaron todo el cuerpo. Tenía que dormir en el suelo y no podía moverse - ¿Alguien recuerda el anuncio del producto que aliviaba los síntomas de las picaduras, en el que salía un hombre escayolado de pies a cabeza que soplaba para que la avispa se le fuera de la nariz? Pues algo así - .

El caso es que con el tiempo, podía moverse, pero llevaba los dos brazos escayolados. Pues bien, con los dos brazos escayolados, mi hermano subía al autobús para ir al médico, y el personal - la mayoría ancianitos de estos que piden que les den ayudas, y no los dejen solos, y todas esas cosas - lo veía sosteniéndose a duras penas sin mover las nalgas de sus respectivos asientos.

En un claro ejemplo de caridad cristiana, cuando un cura o una monja subía a este transporte, tres o cuatro abueletes se levantaban casi de inmediato, prestos a dejar su asiento a tan sublimes personajes. El religioso o religiosa en cuestión, suspiraba de gusto con sus posaderas bien colocadas mi entras mi hermano rezaba, no por veneración, sino para no caerse en los siguientes cinco minutos. Humanidad pura y dura.

El segundo ejemplo ocurrió también hace bastantes años. En esta ocasión, fue un atropello. Le llamaron del bar en el que trabajaba para ver si podía, fuera de sus horas de trabajo, hacer el favor de llevarles un pedido de barras de pan. Y mi hermano fue.

Cuando ya había recogido el pedido y llevaba buena parte del camino hecho, un ciudadano - de origen francés, para más señas - le salió de entre dos coches y se le echó encima. Hubo relativa suerte. Mi hermano, más allá de los daños materiales, salió ileso. El francés se quedó cojo. Tiempo después demandó a mi hermano exigiéndole una indemnización. ¿La merecía? Pues yo diría que no. ¿Cambiaría el hecho si este hombre hubiera muerto? Sigo pensado que no, porque fue negligencia suya, por cruzar por donde no debía y sin mirar.

El tercer y último caso es el más jugoso y cercano en el tiempo, dos o tres años. Esta vez, se cayó yendo a una velocidad irrisoria, y fue por unas obras que habían llenado de gravilla la calzada. Todo el mundo sabe que motos y gravilla dan por resultado ostia casi segura. Pues eso pasó. Se cayó yendo sobrio - nunca ha conducido borracho, norma básica de conducta - , camino del trabajo, a una velocidad inferior al límite (no recuerdo si eran 30 o 50 km/h) por culpa de una carretera en mal estado, empotrándose de espaldas contra un bordillo de tal forma que más tarde confesó que en ese momento creyó haberse quedado tetra o parapléjico.

El policía que lo atendió en el accidente, muy amable él, en vez de preocuparse en llamar a una ambulancia y mirar si mi hermano estaba bien, fue directo a los papeles de la moto. Miro, con una tranquilidad irrisoria, todo el manojo, uno por uno, para ver cuantas multas podía ponerle por seguros caducados hace dos días o tonterías por el estilo. Le puso tres multas antes de llamar a una ambulancia. Una humanidad abrumadora.

Para colmo de colmos, a pesar de reclamar, nadie le indemnizó ni le pagó los daños causados ni el día de trabajo perdido - y los días sucesivos, porque estuvo una semana que no podía ni andar -. ¿Has visto tú algún tipo de disculpa por alguna de las partes? Pues yo tampoco.

Estos tres casos son amplios ejemplos de la amoralidad que vivimos actualmente. Y sin embargo, mucha de la gente que ha vivido cosas así, sigue sin escandalizarse, porque le parece algo normal, lógico y humano.

Mi hermano se sentó hace mucho tiempo con las motos, dejó hace ya muchos años de hacer el gamba y todos suspiramos de alivio - especialmente mi madre, que les tiene un miedo atroz -, pero sigue conduciendo una moto y sigue viviendo como conductores hacen mil y una perrerías, pudiendo provocar una caída que sería fatal. ¿Alguien recuerda esto, cuando se habla de accidentes de tráfico? Tampoco.

En definitiva, que hay casos y casos, y meter todos en el mismo archivo, no me parece de recibo.

Pd:
1. Sigo con el guión, paciencia, y me alegro de no haber recibido tomates con la intentona - aunque al precio que van, no sé si me lo tomaría como un daño a mi autoestima o como un cumplido, jejeje - .

2. ¿Alguien ha visto lo del grupo colombiano haciendo, con una canción, apología al PP y a Rajoy? Ay, ay, ay... Paren el mundo... Que me quiero bajar!!!