27/05/09

Transformación (I)

Aquel día, mi mal humor lo terminaron pagando los alumnos. Era algo injusto, pero lamentablemente frecuente. Al fin y al cabo, son el segundo grupo de personas con el que paso más tiempo a lo largo de un día. Y aunque seas de piedra, algo se te tiene que escapar.

En mi caso, la impulsividad tiende a matarme. No me habría gustado probar su pellejo aquel día. De verdad que no. Pero ya nada se puede hacer. Lo pagaron y punto. Nada más. Entre los flashes inconexos, creo recordar que los abronqué una y mil veces sin motivo aparente, tan solo porque sí. Y si la imaginación no se me ha trastocado y la fantasía no ha jugado con las pocas imágenes que guardo, la imagen que invoca mi mente es la de mí mismo alzando la voz ante un montón de rostros alzando sus pálidas lunas como oes interrogantes. Tuvieron paciencia de santos. Aunque cuando un profesor universitario se excede en sus reacciones y no es algo flagrante, normalmente solo queda aguantar la tormenta. Técnicamente, el mango de la sartén está siempre entre las manos del docente. Pero ésa solo es la teoría.

También rechacé comer con mis compañeros en mi hora libre, lo cual levanto más de un interrogante, aunque ninguno se atrevió a formularlos. Para el fin de jornada estaba hambriento, iracundo y aterrado. Un popurrí sentimental bastante incoherente que me hacía actuar de forma extraña, siempre a ojos ajenos, eso sí. Porque para mí todo estaba perfectamente bien. De putísima madre en realidad. Creo que lo que más chocaba era que yo casi siempre era una línea recta, y ese día estaba mostrando una auténtica vorágine sentimental. Seguro que más de alguno pensó: “Pero, ¿es ése el profesor Jesús? ¡Imposible!”. Pero era yo. Vaya si lo era. Un yo en estado puro.

Me monté en el coche visiblemente alterado y apenas hube salido de la zona universitaria comencé a acelerar. Cuanto más aceleraba, peor me ponía y más quería correr. Estaba sumergido en una espiral repetitiva, destructiva y autosuficiente. La guinda del pastel fue cruzarme con la policía, que evidentemente me detuvo. El resultado fue un sermón policial bien merecido (aunque en ese momento, de haber podido, habría matado al policía que me lo echó), una multa de esas que duelen provocan pesadillas al bolsillo y algunos puntitos menos en el carné. “Cáscatela” Rezongué para mis adentros antes de volver a poner en marcha el coche cuando al fin me dejaron en paz. El resultado fue que no solo no llegué antes a mi casa, sino que me costó casi media hora más de lo normal. Mientras conducía de vuelta, Carmen me llamó un par de veces y no se lo quise coger. Ahora, después de todo lo pasado, me arrepiento de esa tonta reacción, pero lamentablemente nadie puede cambiar el pasado. Ni siquiera yo. Así que no me salió de los cojones cogerle el teléfono porque sí, porque estaba enfadado y asustado, porque quería hablar con ella cara a cara seriamente y saber si algo había cambiado entre nosotros dos o había sido un olvido casual provocado por la falta de memoria que suele proporcionar el exceso de años. Solo cara a cara podría acabar con la bola de fuego que rodeaba a mi aterido corazón.

Aparqué en el vado que tenía frente a la puerta de mi casa y bajé del coche. Desde ahí podía ver el muro que protegía mi jardín de miradas ajenas. Las copas de los pinos destacaban frondosas. Aquel panorama siempre me relajaba. No en vano cuidaba personalmente de todas y cada una de las plantas que formaban parte de mi edén particular.



CONTINUARÁ...

16/05/09

Transformación

Ojalá fuera un sueño. O una de esas películas sin sustancia que emiten los fines de semana. Pero sé que es real, por mucho que me cueste aceptarlo. Y aunque sigo negándome a mí mismo que todo esto me haya podido pasar, todos sabemos que la realidad no siempre funciona bien. Más bien tiende a defraudarnos. A jugar con nuestros sueños. A colocar nuestros muebles sobre el techo tras cobrarnos el servicio por adelantado. A azotarnos y manipularnos. A usarnos como bufón particular.

Si en vez de ser realidad esto fuera ficción, ya habría terminado todo. No tendría que lidiar con la muerte de mi esposa. Ni con la de mi mejor amigo. Y por supuesto, no estaría aquí contemplando mi reflejo entre atónito y esperanzado. No, claro que no. Pero nene, esto es la puta realidad. Aquí la gente enloquece, el agua escasea, el dinero con mayúsculas pertenece a la elite y sobretodo todo, absolutamente todo, genera unas consecuencias. Así que aquí estoy, mirando incrédulo lo que el espejo me devuelve. Me he quedado tan pasmado que he tenido que pasar tres veces las manos por mi vientre para convencerme. Sí, eso está ahí, aferrado. Su mensaje es aterrador. Pero mi teoría lo mejora. Quien sabe, quizá pueda arreglar un poco del estropicio. Solo un poco.

Entre la oscuridad de mi temor, la luz del sol intenta ganar partido a las tinieblas. Sé que no conseguirá disipar todas. Pero una buena parte marcharán. Volarán lejos. Y puede que incluso consiga dormir algo por las noches sin tener que recurrir a las pastillas. Odio usar medicación.

Creo que necesito redención. Y el plan que el reflejo me ha sugerido puede proporcionármela. Supongo que por intentarlo no pierdo nada. No…. A quién quiero engañar. Redención no es la palabra. La expresión es egoísmo. No existen fines honorables para mi causa. Solo quiero recuperar lo irrecuperable. Sentirme Dios por un día y, desate lo que desate, resucitar a mi esposa. Sacarla del arcón donde la he metido y volver a verla andar. Sonreír. Hablar. ¡Ahhh, lo que daría por volver a oir su fragante risa! ¡O por volver a enfadarme con ella porque de nuevo ha vuelto a hacerme rabiar! Pero está ahí, desnuda, desprovista de todo signo vital. Cada vez que abro el congelador y la miro, me da un vuelco el corazón. Está tan pálida. Tan rígida. Se han formado finas capas de hielo sobre su rostro y de vez en cuando me lanza brillos hostiles, como si quisiera demostrarme que me observa con un obsceno parpadeo. Durante las comprobaciones rutinarias, apenas logro soportar su visión y solo lo abro durante cinco minutos, lo justo para verificar que el frío la conserva. Me hacen falta unos días más. Solo unos días más. Si no funciona, el rifle de mi cómoda ladrará por última vez. Pero si funciona…. Ahhh, deliciosa locura. Si funciona seré feliz, aunque no sepa por cuanto.

Sin embargo, antes de dar inicio a la absurdez que se me ha ocurrido, debo dejar constancia de todo lo que ha pasado. Me lo indica mi instinto y me lo grita mi sentido común. ¿Quién sabe cuántos ejemplares puede haber por el mundo? ¿Quién sabe las nefastas consecuencias que pueden traer? Quizá no todo el mundo sea tan inconsciente como yo, haciendo caso omiso a los signos alarmantes como presa de un extraño hechizo materno – protector. O quizá sea que en verdad hipnotiza. Así que explicaré aquí mi historia, si acaso le sirve a alguien, y de haber más monstruos cuidados por ignorantes como yo, que dios nos pille confesados, porque será el fin de la humanidad.

Si he de contar la historia desde el principio, debería comenzar por el quince de diciembre, el día de mi cumpleaños. Aquel día, resultó especialmente arduo para mí. Me levanté a las siete de la mañana, presto a devorar un pingüe desayuno junto a mi esposa Carmen. Me puse lo usual, café cargado con un par de tostadas, y me senté frente a ella, esperando la consabida felicitación.

Pero ella parecía no estar por la labor de recordar. Miraba concentrada los círculos concéntricos que creaba al dar vueltas a su café. Me quedé muy extrañado con su actitud, pero preferí no decir nada, no fuera a empeorar el asunto. Llevaba veinticinco años junto a mi esposa y durante todo ese tiempo jamás había olvidado la fecha de mi cumpleaños.

¿Sería este el primer año? Quizá. Dicen que para todo tiene que haber una primera vez. Pero a mi modo de ver, esperaba entre confuso y esperanzado que me estuviera tomando el pelo y terminara por felicitarme cuando partiera al trabajo. Cualquiera sabía. Si Carmen quería ocultar algo, sus facciones se cerraban a todo observador. No importaba desde cuando la conocieras, no lograrías saber nada. Ni sonsacárselo.

Así que hice lo único que podía hacer: encogerme de hombros – con cierto deje de inquietud en mi alma, eso sí – y continuar desayunando como si no pasara nada. Al terminar, ella seguía igual. Absorta en vete a saber qué tipo de pensamientos. Y empecé a creerme que en verdad lo había olvidado. Que no recordaba que hoy era mi cumpleaños. Pero, por raro que pareciera, no me sentía realmente molesto. No del todo. La furia comenzaba a abrirse camino desde mis entrañas, antorcha abrasadora que recorría mi estómago hasta morir en la garganta y tratar de esparcirse por mi lengua y mis palabras. Pero no era una furia pura.

Era…. Era, creo, una mezcla de miedo y frustración, y dudas, y un sinfín de emociones identificables que iban rodeándome en una maraña cada vez más enrevesada e impaciente. Cada uno de estos sentimientos se iban pegando a mi piel y abriendo mis poros, ya de por sí hipersensibilizados, a una multitud de emociones negativas. Decidí cortar por lo sano y tratar de irme sin comenzar una discusión. Me levanté brucamente, recogí cuidadosamente todos los útiles que había usado durante el desayuno y volví a mirar a Carmen, esta vez con un ojo más crítico, más fijo.

Modulando perfectamente mi voz para que sonara neutra, le dije que me iba a trabajar. Ella sonrió levemente, se levantó, me dio un fugaz beso en los labios – demasiado superficial para mi gusto -, me pidió que no regresara tarde y salió de la cocina. Mi peor pesadilla era definitiva: no se acordaba. No se acordaba en absoluto. Noté como la ira iba subiendo escalones, lenta pero firmemente. Iba a ser un largo, larguísimo día. Di media vuelta y salí de casa dando un portazo.

2/05/09

Pensamientos

Comprendido al fin que no queda más huida que tirar hacia delante, camino sin saber muy bien por qué, pero teniendo claro dónde.
Grandes tempestades esperan en el centro de un mundo turbulento. Millones de desgracias escoltadas por alguna sonrisa y, se espera, bastante felicidad.
¿Quién se atreve a asegurar el mañana? Hasta el hoy resulta incierto...

23/04/09

Insomnio

Se desnuda la noche, se desnuda el alma. Tras el transfondo de la luna, recuerdos que no quiero conservar. Cada estrella una neura, un arquero disparando. Cada flecha pequeños pinchazos en el corazón.

Ka, destino, predestinación. Todo ello encaminado a colocar algo de razón. Somos caos. Caos que se pierde en la vida, que arde en los infiernos de la ignorancia. Agujeros negros en el centro del espacio destruyendo todo lo que caiga a su alrededor. Hojas en blanco. ¿Quién habrá perdido el sacapuntas?

Buscándolo nos da el alba, y el mediodia, y la tarde, y de nuevo la noche. Sucesión de días, de semanas, de meses. Conjunto de años. Conjura de vejez.

Y nosotros, dormidos, despertamos al mirarnos al espejo y observar nuestro físico, ya agotado. ¿De donde vine y a dónde ire? Se pregunta el agónico. El de la sotana afirma que al cielo. El del corán que al paraíso. ¿Pero dónde realmente? A dónde… Dónde…

25/01/09

El mito de la primavera

Como todos sabéis, Zeus no tenía precisamente el don de la fidelidad. Era un Don Juan. Un mujeriego. Un golferas. Bien conocida es su afición a los disfraces para conquistar doncellas, pero lo que ya no es tan conocido es el breve affaire que tuvo con la diosa Deméter. Y todavía se nombra menos el hecho de que el resultado de tal unión fuera una hermosa niña llamada Proserpina.

Proserpina creció feliz bajo la protección de su madre que, como toda madre, era capaz de morir por ella. Hasta que un día, mientras recogía flores en los alrededores de la fuente de Pergo, en Sicilia, el dios Plutón la vio y se encaprichó.
Si bien triste, melancólico y serio, el dios del inframundo no era precisamente tonto. En seguida caviló acerca de su nuevo capricho y dedujo que ninguna mujer de juicio intacto aceptaría renunciar al mundo de la luz por ocupar el trono consorte de su morada. Por eso irrumpió en medio del prado y raptó a Proserpina sin dar a nadie tiempo a reaccionar.

Cuando Deméter se enteró de la desaparición de su hija, removió cielo y tierra por saber la verdad, mas todo fue en vano. Preguntando a unos y a otros solo obtenía negativas sobre su suerte, ya que los pocos que presenciaron el acto no se atrevieron a confesarlo por miedo al poder de este Dios (hermano de Zeus) y sus casi seguras temibles represalias.

Al final vilipendiada, desesperada y destrozada, Deméter acabó maldiciendo a la tierra y a todo lo que ésta habitaba, dejando a los hombres sin campos fértiles, sin cultivos y, en última instancia, sin alimentos. Confinados en sus hogares, morían lentamente de inanición sin poder abandonar los alrededores de las hogueras puesto que el frío era helador.

Finalmente, Apolo, el que hiere de lejos, terminó apiadándose de la suerte humana. Bajó de su carro y le contó a Deméter la suerte de su hija. Con la respuesta en la mano, la diosa subió a rogar a Zeus la devolución de su cara niña.
Si bien Zeus no veía con malos ojos la unión, entendió los argumentos de Deméter y decidió liberarla con una condición: que Proserpina no hubiera probado alimento del averno.

Lamentablemente, paseando por los bien cultivados jardines del Hades, Proserpina sintió sed y la sació con una de las numerosas granadas que había por allí. La mala suerte acompañó a su acto y alguien la vio y la delató, segando para siempre su posibilidad de volver a la tierra.

Pero Zeus se acabó apiadando de la suerte de esta pobre joven. Por compasión decretó que Proserpina pasaría seis meses en la luz y otros seis en las tinieblas. Y por eso se suceden las estaciones. Porque durante los seis meses que Proserpina vuelve, Deméter está feliz y hace que las plantas nazcan, crezcan y fructifiquen pero durante la otra mitad, el desasosiego la invade debido a la ausencia de su hija y deja que los vegetales se marchiten y perezcan, completando así el ciclo de la vida. De las estaciones.

10/01/09

Quimica vs lógica

A estas horas de la madrugada, sin saber muy bien por qué escribo esto, me da por pensar que jamás había concebido el pensar en mi menstruación como algo sin dolor.
Quizá vengan por ahí los tiros de mi relación entre el color rojo y los velos rosados del calvario. O quizá no.

Finalmente, me empujó al ginecólogo otro tema nada relacionado.
Y después de ir y sacarme alguna cosilla, me doy cuenta en este momento, que jamás he concebido mi periodo sin relacionarlo con dolor.

Pero no un dolor normal. No un dolor que la gente soporta. Que está y punto. Que se calma con cualquier tipo de paracetamol.

Se trata de un dolor que diría ningún calmante lograba calmar. Que me despertaba por las noches. Que me ha llegado a dejarme literalmente doblada. Que incluso en casos extremos me ha hecho llorar.

¿A qué viene todo esto? No lo sé. Estoy sorprendida de pensar de repente algo tan trivial en lo que nunca había caído. En ese odio soterrado hacia esa semana especial del mes.

La culpa de esta reflexión la tienen unas pastillitas que todavía sé siquiera si tienen algo que ver, aunque lo sospecho. Y sin embargo, a pesar de tener cierto agradecimiento hacia este breve oasis de paz en mi tormento semanal, no dejo de sentirme entre la espada y la pared.

Porque me da la impresión de que algo tan débil como lo encontrado por el médico puede llegar a ser peligroso sin tratar, y tomar las pastillas puede llegar a ser igual de peligroso. Por no mencionar que soy bastante antiquímica y no me gusta medicarme sin un buen motivo.

Parece que mi comienzo de año es izquierdista. O derechista, en mi caso, porque creo que los zurdos siempre empezamos por la izquierda. Bueno, que da igual.

Dentro de poco, colgaré un relato de terror. Hasta entonces, tendréis que hacer gala de la paciencia que siempre me mostrais.

Un saludo y feliz año.

Pd: A la petición de hacer una segunda versión de Dickens me veo obligada a decir que no. Lo idolatro demasiado para destrozarlo con mi arte. Y el pobrecillo ni siquiera se puede defender. Mejor dejar el cuento tranquilo, ¿no?
Un beso

1/12/08

Consuvidad

Sí sí, no me equivoco. Estamos en época de consuvidad. ¿Que qué quiero decir? Bien sencillo. El consumo (consu) en navidad (vidad).

No es ningún secreto que tengo la guerra declarada a la televisión. Que odio la mierda que meten en la programación. Sigo pocas cosas, y de esas cosas que sigo, soy fiel todavía a menos.

Tiendo a verla en las comidas. No tengo otro remedio.

Ahora, en épocas como esta, la odio todavía más. Y es que en apenas diez minutos, mientras comía, me he tragado una retahíla de anuncios de juguetes que quita el sentío. Al final no sabía si era un coche de carreras o una barbie.

Lo más curioso, es que a pesar de los esfuerzos para no diferenciar los géneros, muchos de estos anuncios siguen siendo claramente separatistas.

En esos diez minutos, cuatro anuncios de diversas muñecas (no voy a decir la marca, todas de la misma) en la que salían un montón de niñas encantaditas de manejar al muñeco llorón de turno y a la profesión de la muñeca de turno. Cuando no ponen directamente como protagonista la cocina o la casa, cosa que todavía me repatea más.

En anuncios de coches he visto un poco de todo. La mayoría creo que sigue mostrando solo a niños. Sin embargo, en muchos aparecen los dos.

A veces tengo la impresión de que las empresas jugueteras siguen interesadas en mantener un mismo rol. Y difunden ese mensaje a los niños. Aunque creo que no todos se sienten reflejados (el mejor ejemplo soy yo misma, que en vez de muñecos llorones pedía camiones y si me traian muñecas o muñecos - bebe... digamos que duraban poco intactos).

El caso es que además de esta diferenciación de papeles se pasan el día metiendo a los niños en la cabeza que sin este juguete, sin aquel y sin ese otro no serán felices en navidad. Empiezan un mes antes para comerles la moral.

¿Deberían legislarlo? Pues yo creo que sí, que deberían controlar la cantidad de anuncios que meten y de paso vigilar la publicidad engañosa (juguetes de un metro que miden veinte centímetros con lo que el crío, que no es tonto, se queda con cara de "¿y este es el del anuncio? ¡Venga ya!" y engaños de ese estilo). También existiría otra posibilidad: que los padres se negaran en redondo a dejarse seducir por las peticiones de los hijos y les enseñaran que sin juguetes de ese tipo se pueden divertir.

En fin. Se nota que odio la navidad y la televisión, ¿no?

Un beso a todos.

pd: A la tercera va la vencida. Tengo el carné en un examen un tanto atípico.

pdd: mil disculpas por no haber publicado antes, andaba obsesa con el santo carné. Siento haberos tenido abandonados.

pddd: Curiosidad, ¿qué opinais de la espantada de Aguirre en avión privado ante los atentados?